Y un año más, se obró el milagro.
La puerta volvió a abrirse en la fecha marcada por el calendario académico y los alumnos empezaron a discurrir bajo el rótulo de "Facultad de Medicina". Ellos con sus nuevas ilusiones, sus nuevos novios y novias, sus nuevos problemas, su nuevo conjunto primavera-verano, sus nuevos echar de menos y sus nuevas dioptrías. Ella con sus nuevos simuladores, su nuevo equipo decanal, sus nuevas ventanas en la biblioteca y las nuevas políticas del ministerio.
Y los dos, así, parecían felices. De los primeros, unos se merecen mención especial: los que entraban ahí por primera vez. Y es que se les reconocía bien por las caras de miedo, a algunos; por las enes pintadas en las mejillas, a otros. En general, a todos se les cayeron los párpados en uno u otro momento de la charla de bienvenida de la que el profesor Anastasio Rojo habla en este artículo. Bueno a todos no. Todo sea dicho: la charla mejoró respecto a la del año pasado.
Así las cosas, con la entrada de la facultad enharinada y los libros desempolvados, empezó el nuevo curso. Y las batas empezaron a escurrir y los alumnos a discurrir, en ambos sentidos. Llegaron las primeras fiestas universitarias, las primeras prácticas en el hospital, el primer contacto con todo eso que un día dará vida.
Y es que no estudiamos medicina. Decimos, y nos gusta decir, que somos estudiantes de medicina.
Quizá sea porque hacemos esto por puro amor, o filantropía, o como quiera decirse. O porque vivimos las mejores novatadas de la Universidad, tanto de novatos como de veteranos. O porque llevamos un mes de clase y ya necesitamos ambas manos para contar las fiestas que hemos organizado. O porque compartimos el sueño de poder hacer felices a nuestros pacientes cuando llegue el momento.
No sé por qué decimos que somos estudiantes de medicina, pero lo decimos.
Ahora, aquí empieza todo.
La puerta volvió a abrirse en la fecha marcada por el calendario académico y los alumnos empezaron a discurrir bajo el rótulo de "Facultad de Medicina". Ellos con sus nuevas ilusiones, sus nuevos novios y novias, sus nuevos problemas, su nuevo conjunto primavera-verano, sus nuevos echar de menos y sus nuevas dioptrías. Ella con sus nuevos simuladores, su nuevo equipo decanal, sus nuevas ventanas en la biblioteca y las nuevas políticas del ministerio.
Y los dos, así, parecían felices. De los primeros, unos se merecen mención especial: los que entraban ahí por primera vez. Y es que se les reconocía bien por las caras de miedo, a algunos; por las enes pintadas en las mejillas, a otros. En general, a todos se les cayeron los párpados en uno u otro momento de la charla de bienvenida de la que el profesor Anastasio Rojo habla en este artículo. Bueno a todos no. Todo sea dicho: la charla mejoró respecto a la del año pasado.
Así las cosas, con la entrada de la facultad enharinada y los libros desempolvados, empezó el nuevo curso. Y las batas empezaron a escurrir y los alumnos a discurrir, en ambos sentidos. Llegaron las primeras fiestas universitarias, las primeras prácticas en el hospital, el primer contacto con todo eso que un día dará vida.
Y es que no estudiamos medicina. Decimos, y nos gusta decir, que somos estudiantes de medicina.
Quizá sea porque hacemos esto por puro amor, o filantropía, o como quiera decirse. O porque vivimos las mejores novatadas de la Universidad, tanto de novatos como de veteranos. O porque llevamos un mes de clase y ya necesitamos ambas manos para contar las fiestas que hemos organizado. O porque compartimos el sueño de poder hacer felices a nuestros pacientes cuando llegue el momento.
No sé por qué decimos que somos estudiantes de medicina, pero lo decimos.
Ahora, aquí empieza todo.

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